Debajo de los ciruelos
Autor: Fecha :2026-01-09 Fuente : Tamaño de fuente:Grande Mediano Pequeño


En una tarde del verano, el canto de las cigarras permanecía en el aire. Absorto en un haz de papel manuscrito, de repente me asaltaban carcajadas y vítores por la ventana. Levanté la vista, vi a varios jóvenes, de puntillas bajo los ciruelos del patio delantero de la empresa, recogiendo los frutos verdes que brillaban débilmente a la luz del sol. Las manchas de luz, a través de los huecos del follaje, bailaban suavemente sobre sus rostros juveniles: la temporada de las ciruelas había llegado una vez más.

Esos ciruelos, deben recordar los rostros incipientes de todos los empleados de Tianqi. Recuerdo aquel día del año pasado cuando me incorporé en Tianqi fue también del verano. Sentado en mi escritorio, hojeando los gruesos expedientes, cuando me quedé un poco adormitado, un compañero asomó la cabeza por la puerta: "¿Eres nuevo, eh? Ven, únete a nosotros para recoger ciruelas". Esa llamada, como una piedra lanzada al lago, levantó las primeras cálidas ondas desde el inicio de mi carrera.

Aquella tarde, bajo los ciruelos, conocí a mucha gente. El hermano Qiang, siempre jovial; la hermana Xue, que colocaba cuidadosamente las ciruelas en la cesta; y Jingjing, que me ayudó mucho más tarde. Las ciruelas que contenían una ligera escarcha por encima, dejaban una sensación de frescor entre los dedos. Llevábamos cestas de bambú y veíamos cómo se iban acumulando poco a poco los frutos verdes, mientras las risas intermitentes mezcladas con el canto de las cigarras, volaban en el aire de la tarde. La contención inicial que sentí al llegar, se disolvió sin que me di cuenta entre las sombras moteadas de los árboles, transformándose en puntos de luz dispersos a nuestro alrededor.

Hasta que la cesta de bambú estaba llena, lavamos cuidadosamente las ciruelas y las repartimos en pequeñas cajas. Un compañero me dio una palmada en el hombro y me dijo: "Vamos, te presentaré a todo el mundo". El pasillo estaba en silencio, solo se oían nuestros pasos. Vacilante, empujé la primera puerta. El compañero que estaba junto a la puerta levantó la vista de repente y me sonrió con los ojos entrecerrados. Cogió una ciruela de mi mano y comentó: "Las ciruelas de este año tienen una madurez justa". El compañero de la siguiente mesa se inclinó inmediatamente: "¡Guárdame un par!". En un instante, cuatro o cinco manos se metieron en la caja. Noté la desaparición de las ciruelas, y el recipiente se aligeró rápidamente. La calidez humana circulaba entre las recogidas de estas humildes ciruelas, que decían más que mil palabras.

El ciruelo de este año sigue cargado de frutos, aunque debajo de él, las caras ya no son las mismas, sino nuevas. Al verlos trabajar en coordinación, de repente comprendí que la cultura corporativa no se encuentra en el papel, sino en la calidez de los dedos que tocan la fruta cada año por estas fechas, en las cajas de aperitivos que se colocan discretamente en los escritorios durante las horas extras, en el giro imperceptible de la muñeca al entregar las herramientas a los recién llegados. Lo que conocen los ciruelos es solo un pequeño detalle.

Al ver que terminaron la recogida, bajé las escaleras para invitar a los nuevos compañeros a lavar y empaquetar las ciruelas. "Vamos", dije, levantando la cesta, "entreguemos juntos las ciruelas y conozcamos de paso a otros". Igual que aquella tarde del año pasado. Las ciruelas maduran año tras año, el equipo crece día a día y estos árboles permanecen quietos allá como siempre como testigos silenciosos. Cada año, cargados de la fragancia de la fruta y adornados con rocío, dan la bienvenida y nutren cada nuevo comienzo. Y nosotros, a través de repetidos actos de recolección y compartir, perpetuamos esta suave conexión entre las personas y los árboles, entre las personas y las personas.


 

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